¡Hola!
Hace tiempo que mi vida no para de cambiar, así que en este café quería comentarte una revelación que no me era ajena pero sí creo que merece una mención.
Nos acostumbramos a los cambios demasiado rápido.
Años atrás, solía haber frente a mi casa un edificio en ruinas, era estrecho, en realidad solo servía para mostrar un panel publicitario y poco más. El edificio en cuestión debía de ser del siglo pasado, quizás de mediados del mismo, es por ello que ni de lejos era habitable, pero todos lo habíamos asumido como parte inalienable del paisaje.
Hace dos años, derrumbaron ese edificio, quizás por el ya mencionado motivo de su estabilidad.
El caso es que, lo que antaño era una parte de mi día a día, dejó de serlo.
Y no tardé ni siquiera una semana en asimilar el cambio.
A día de hoy, cuando miro al paisaje que se proyecta desde mi ventana, no suelo recordar que antes había un edificio ahí, uno que me había visto crecer desde mi infancia hasta mi temprana adultez.
Sé que podrías pensar que estoy siendo realmente dramático con algo tan insignificante como un edificio antiguo, pero la estructura de la que te hablo no es sino el ejemplo de algo mucho más abstracto.
El día a día tiene un poder arrollador en nuestra vida, es el eje central de nuestra historia y hasta las pequeñas cosas tienen su importancia, mi reflexión de hoy venía a sacar a relucir la facilidad con la que los seres humanos damos por sentado los cambios.
Quizás leerme pueda ser un hábito pasajero en tu día a día, uno que, como el edificio del que te hablé, cambie de un día para otro.
Espero dejar una huella en tu memoria de ser así.
Así como el lejano recuerdo que ese edificio dejó en mi.
Cuídate mucho.